Una clase del maestro Aristóteles a Alejandro y sus compañeros
Texto extraído de la novela de
Gisbert Haefs Alejandro Magno
Una fresca tarde de otoño se encontraba en la plaza,
alrededor del pozo. Hefestión[F1]
estaba sentado en el brocal leyendo en voz alta un grueso rollo, Aristóteles
estaba a sus pies, con la espalda apoyada en la paredilla y la mirada dirigida
hacia el grupo.
-
“Gobernó
sobre esos pueblos, aunque no hablaba su mismo idioma y cada pueblo poseía una
lengua propia; no obstante, consiguió ocupar aquella vasta región gracias al
miedo que influía, pues todos los hombres le temían y ninguno intentaba
oponerle resistencia; y en todos podía despertar un deseo tan vivo de agradarle
que siempre querían ser dirigidos por él”
-
Bien leído; dijo el maestro. Ahora déjanos
reflexionar un momento. Las palabras que acabamos de oír, ¿contienen realmente
algo digno de ser conocido? Tratan de un gobernante, de su oficio como estadista
y como guerrero… Pero ¿nos enseñan realmente algo?
-
Jenofonte[F3]
dice que Ciro pudo gobernar todos esos pueblos haciendo que le temieran y que
quisieran agradarle. Eso significa que Ciro era tan fuerte como amigable.
Probablemente quiere decir que era fuerte y temible cuando las circunstancias
lo exigían, y suave, bondadoso, amigable, cuando las cosas y las personas eran
como debían ser. De modo que, de acuerdo con esto, se trataba, sobre todo, de
un rey justo y capaz de distinguir lo correcto de lo incorrecto. Y que actuaba
según esa distinción.
Aristóteles cruzó los brazos y asintió lentamente.
-
Correcto, y bien expresado, Ptolomeo. Pero ¿son hechos
dignos de conocerse, comprobables? ¿Sí, Crátero[F4] ?
El fornido muchacho de dieciséis años, que pronto abandonaría
la escuela de Mieza para incorporarse al ejercito, extendió los brazos. El
capote se abrió y dejó ver sus ya poderosos músculos. Su rostro, amplio,
parecía divertido.
-
No, no son hechos palpables ni comprobables.
Suena a una enumeración de las cualidades que debe tener un buen gobernante; no
parece una descripción auténtica.
Aristóteles asintió, sonriendo; miró a Alejandro.
-
Bien, hijo del rey, ¿qué opinas de la
introducción de Jenofonte y de sus afirmaciones sobre el gran Ciro?
Alejandro se levantó y estiró una mano; Hefestión le entregó
los rollos.
-
Al final de esta parte dice Jenofonte: “Puesto
que creo que este hombre merece toda la admiración” y, más abajo, “que en el
gobierno de las personas era excelente”. Esto señala claramente que Jenofonte
intentas describir a un soberano ideal. Pero esta idea, en sí, es platónica, y
como tú nos has enseñado, noble Aristóteles, primero hay que averiguar los
hechos y solo después plantear una teoría, si se plantea. Esto de aquí o bien
es una teoría, y después se buscan o inventan los hechos para sostenerla, o
bien es una conclusión, que se nos presenta antes de referir los hechos de los
que procede.
Aristóteles asintió con la
cabeza.
-
Muy bien. ¿Quieres decir algo más?
-
Si esto no fuera una teoría, sino una conclusión,
podríamos encontrar hechos, cosas dignas de ser conocidas. Pensemos por un
momento que se trata de una conclusión. Jenofonte no habla de tribus, sino de
diferentes pueblos que poseen distintos idiomas. Eso significa que el reino de
Ciro debió de ser realmente grande. Para conservar unidos esos pueblos tiene
que haber poseído un sistema de transmisión de noticias y órdenes muy bien
concebido y puesto en práctica sin contratiempos. En cuanto a los idiomas, ese
punto permite deducir que había muchos traductores buenos, probablemente una
escuela real de traductores.
– Hizo una pausa, reflexionó unos instantes y
luego continuó.
- Esto, a su vez, implica que había muchos buenos profesores, y
suficiente dinero para pagarles y mantener la escuela. En lo que se refiere a
la suavidad, o amabilidad, esta puede significar cosas distintas en pueblos
distintos. Lo que a unos tal vez les parezca amabilidad, otros pueden
considerarlo debilidad o desobediencia de órdenes divinas. Si realmente todos
tenían un “vivo deseo” de agradarle entonces Ciro debe haber respetado, y
conocido muy bien, a las personas, sus costumbres y sus dioses.
-
Esto quiere decir que es muy probable que fuese
un erudito y poseyera una estupenda red de espías. Una cosa más: para que todos
los que vivían en ese vastísimo imperio le temieran, no bastaba con tener una
cuantas unidades y fortalezas aquí y allá con las que pacificar tribu o
pueblos. Sin duda poseía esas fortalezas y bastiones, pero en casos de urgencia
tenía que ser capaz de reclutar y movilizar muy rápidamente grandes
contingentes de soldados. A su vez, eso exigía un gran abastecimiento de grano,
forraje y agua, además de armas y medicinas. Y animales con los que transportar
los víveres y la tropa. Pero tal abastecimiento sería imposible en un país
hambriento, probablemente el grano también iba a parar a manos de la gente
corriente, cuando esta lo necesitaba. En cualquier caso, si las palabras de
Jenofonte no son puro invento o retórica, Ciro debe haber tenido a su
disposición una gran cantidad de tropas a caballo para movimientos rápidos. Y
un gran número de receptores y transmisores de noticias. Y muchos funcionarios
estatales para la distribución y supervisión de los territorios.
Alejandro se sentó y entregó los
rollos a Aristóteles. Hefestión sonrió y le hizo un guiño; Ptolomeo y Crátero
silbaron entre dientes.
Aristóteles guardó silencio un
instante, finalmente dijo a media voz:
-
Muy bien, muy convincente, Alejandro. Pero,
claro está, no podemos olvidar que Jenofonte en su escrito sobre la educación
de Ciro, bosqueja la imagen de un gobernante ideal, tal como lo imaginamos los
helenos. Ni Jenofonte sabía mucho sobre Ciro ni es concebible que un rey
bárbaro fuera el gobernante que todos quisiéramos tener. En consecuencia…
Alejandro se levantó.
-
Con tu permiso…
-
Aristóteles asintió. Alejandro carraspeó y dijo:
-
Si nuestro brillante pensamiento de mediodía[F5] ,
en oposición a las supersticiones sombrías de los bárbaros…, si ese pensamiento
luminoso es lo que nos hace superiores y permite que aspiremos a la virtud,
¿por qué todos esos pueblos de Persia han convivido tanto tiempo en virtuosa
paz, mientras nosotros, que somos tan superiores, estamos siempre sumidos en el
vicio de las guerras fratricidas?
Aristóteles se levantó frunciendo el
entrecejo[F6] ,
pero su voz no delató malestar alguno:
-
Tu misma pregunta contiene la respuesta.
Alejandro. Es precisamente esa brillante luz de la razón lo que nos permite
percibir las diferencias. Por ser ofuscados y serviles, los pueblos de Persia
están obligados a mantener la paz. Nosotros, como hombres libres, no nos
dejamos coaccionar. Ellos viven en paz, como el ganado en el rebaño;
nosotros, en cambio, preferimos los
conflictos. Tal vez aprendamos otras formas de convivencia, cuando el mundo sea
más viejo, pero nunca olvides que la verdadera armonía debe venir del interior,
como resultado de la virtud, no del exterior, como imposición de un poder
ajeno.
Notas aclaratorias
[F1]Lugarteniente
de Alejandro, amigo íntimo desde niño y dícese que incluso era amante
[F2]Príncipe
macedonio que tras la muerte de Alejandró se instaló en Egipto con sus leales y
fundó la dinastía de los Ptolomeos; la última dinastía egipcia-
[F3]Historiador
griego que participó en la expedición de los 10.000 griegos que acudieron como
mercenarios a la llamada de Ciro
[F4]Hijo
de un aristócrata macedonio gozaba de la confianza de Alejandro. En la batalla
de Issos le fue encomendada el ala izquierda de las falanges del ejercito
macedonio.
[F5]Del
sur
[F6]Arrugando
la frente
Galileo Galilei
Galileo Galilei, hijo de un culto comerciante, nació en la ciudad italiana de Pisa el 15 de febrero de 1564. Desde niño, mostró un enorme interés por las ciencias. Cursó estudios de Medicina, pero los abandonó pronto para dedicarse a las Matemáticas, su verdadera vocación.
En 1592, pese a no haber concluido sus estudios, obtuvo la cátedra de Matemáticas de la Universidad de Padua. Desde el principio, Galileo mantuvo una actitud diferente a la del resto de sus colegas: en lugar de encerrarse en las bibliotecas, prefería pasear por la ciudad y ver cómo se construían los edificios, cómo funcionaban las máquinas… El mundo era para él un inmenso laboratorio en el que había que experimentar y observarlo todo.
En 1609 oyó hablar de un invento holandés. Se trataba de un anteojo, un tubo metálico con unas lentes para corregir problemas de visión. Era un instrumento que permitía ver más cerca los objetos y observar lo que no se apreciaba bien a simple vista. Galileo decidió fabricar uno él mismo. El 21 de agosto de ese mismo año subió al campanario de Venecia acompañado de varios hombres ilustres de la ciudad para enseñarles el prodigioso aparato que había construido.
Los nobles caballeros quedaron impresionados al mirar por el tubito de hierro y ver, casi a su lado, los barcos que llegaban al puerto. –¡Es increíble! –comentaba admirado un senador–. Parece magia. ¡A simple vista no se ve ningún barco en el mar!
Poco tiempo después, Galileo ideó una especie de telescopio con muchos más aumentos que los que tenían los primitivos anteojos. Galileo quería usarlo para observar el universo. Tal y como sospechaba, aquel potente aparato le permitió ver cosas que hasta entonces ningún ser humano había contemplado: los cráteres de la Luna, los satélites de Júpiter y las manchas en el Sol. Y todas esas maravillas… ¡las vio con sus propios ojos!
En 1610 publicó el libro El mensajero de las estrellas, que contenía todos sus descubrimientos. La obra resultó un éxito y la fama de Galileo fue en aumento: en toda Europa no se hablaba más que de su sorprendente teoría. Y es que, por aquel entonces, se pensaba que el Sol giraba alrededor de la Tierra y que esta permanecía quieta en el centro del universo. Sin embargo, para asombro de todos, las observaciones astronómicas de Galileo parecían demostrar lo contrario: ¡era la Tierra la que giraba alrededor del Sol! Aunque tiempo atrás algún otro científico había afirmado lo mismo, Galileo podía ahora aportar pruebas al respecto.
Preocupados, sus enemigos consiguieron que en 1616 la Iglesia declarara absurda y contraria a la religión su teoría de que la Tierra giraba alrededor del Sol. A partir de ese momento, Galileo comenzó a sufrir una terrible persecución, hasta que en 1633, con casi setenta años de edad, enfermo y completamente ciego, el científico más famoso de Europa hubo de comparecer en la sala de audiencias del Palacio Pontifical de Roma acusado por sus enemigos de sostener ideas contrarias a las Sagradas Escrituras.
Galileo, de rodillas y vestido con la túnica blanca de los acusados, se vio obligado, para poder salvar su vida, a negar aquello de lo que estaba convencido: –Yo, Galileo Galilei, niego la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol y afirmo, como vos decís, que es el centro del universo. Aunque, según cuentan, fue en ese momento cuando, refiriéndose a la Tierra, murmuró sin que nadie lo oyera: –A pesar de todo, se mueve.
Gracias a aquella declaración, Galileo se libró de morir en la hoguera, pero aun así, fue condenado a cadena perpetua. Un año después de aquella sentencia, se le permitió a Galileo vivir en su casa, sometido a un rígido control hasta su muerte, el 8 de enero de 1642. Y todavía tuvieron que pasar dos siglos hasta que todo el mundo admitiera la verdad: tal y como había dicho Galileo, la Tierra gira alrededor del Sol.
Trabajo sobre la lectura
1. Explica con tus palabras qué es una sala de audiencias. La explicación que escribas debe dar respuesta a estas preguntas: ¿Dónde hay salas de este tipo?
● ¿Qué se hace allí?
● ¿Quiénes van a ellas?
2 El marco .
¿En cuántos lugares diferentes vivió Galileo?
Explica qué hizo o qué le ocurrió a Galileo en cada uno de ellos.
3. ¿Entre qué dos siglos vivió Galileo?
4 Los detalles: Di si son verdaderas o falsas estas afirmaciones: Galileo se dedicó a la Medicina durante
● toda su vida.
● Cuando negó que la Tierra girara alrededor del Sol, fue absuelto y puesto en libertad.
● El mensajero de las estrellas es una novela escrita por Galileo.
● Galileo se libró de morir en la hoguera.
5. Explica. ¿Por qué tuvo Galileo problemas con la Iglesia?
6 ¿Por qué dijo Galileo: «A pesar de todo, se mueve»?
Tu opinión 9. ¿Qué habrías hecho tú ante el tribunal si hubieras estado en la situación de Galileo?
¿Por qué?
7. Contesta. ¿Habías oído hablar de Galileo antes de leer el texto? ¿Crees que te ha sido útil leer este texto?
8 ¿Has aprendido algo? ¿El qué?
Shehrezade dijo:
“He
llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre los
mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los
países.
Un
día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus
negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando
mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y cuando los hubo comido tiró
a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme
estatura que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo:
“Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mercader repuso:
“Pero ¿cómo he matado yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al arrojar los
huesos, dieron en el pecho a mi hilo y lo mataron.” Entonces dijo el mercader:
“Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente.
Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa
depósitos que me confiaron. Permiteme volver para repartir lo de cada uno, y
te vendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que
volveré en seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es
fiador de mis palabras.”
El
efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.
Y
el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que
le correspondía. Después contó a su mujer y a sus hijos lo que le había
ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres, los hijos.
Después el mercader hizo testamento y estuvo coa su familia hasta el fin del
año. Al llegar este término se resolvió a partir, y tomando su sudario bajo el
brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos y se fue muy
contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.
En
cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y
el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mientras estaba
sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeique se dirigió
hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida
próspera, y le dijo: “¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan
frecuentado por los efrits?”
Entonces
le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de
haberse detenido en aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró
grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu
historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo
interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar
respetuosamente.” Después, sentándose a su lado, prosiguió: “¡Por Alah! ¡oh mi
hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y allí
se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de
terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos.
Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se
dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les
preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits.
Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y
apenas se había sentado, cuando un tercer jeique se dirigió hacia ellos,
llevando una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por
qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde
el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla.
A
todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella
pradera. Descargó una tormenta, se disipó después el polvo y apareció el efrit
con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se
acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: “Ven para que yo te mate como
mataste a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi
corazón.” Entonces se echó a llorar el mercader, y los tres jeiques empezaron
también a llorar, a. gemir y a suspirar.
Pero
el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando
la mano del efrit, le dijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su
corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi
historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?” Y el
éfrit dijo: “Verdaderamente que sí, venerable jeique. Si me cuentas la
historia y yo la encuentro extraordinaria, te
concederé el tercio de esa sangre.”
CUENTO
DEL PRIMER JEIQUE
El primer jeique dijo:
“Sabe, ¡oh
gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío, carne de nu carne y sangre
de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos
juntos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún
hijo. Por esto tomé una concubina, qué, gracias a Alah, me dio un hijo varón,
más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos,
sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco a poco; hasta
llegar a los quince años. En aquella época tuve que marchar
a una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de
comercio.
La hija de
mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el
arte de los encantamientos. Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en
ternerillo, y a su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de
nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi
hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha
muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él.” Entonces, durante un año
estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.
Llegada la
fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una
de las mejores vacas, y me trajo la más gorda
de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi brazo,
levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en
mano, cuando de pronta la vaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas
abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la
sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo
tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué
servía ya él arrepentimiento? Se la di al mayoral, y le dije: “Tráeme un becerro bien
gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.
Cuando el
ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis
pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y
le dije al mayoral: “Tráeme otra vaca, y deja con vida este ternero.”
En este
punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló
discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada
le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas
de delicia!” Shehrezade contestó: “Pues nada son comparadas con lo que os
podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.”
Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la
continuación de su historia.”
Luego marchó
el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al
visir, que llevaba debajo del brazo un sudario para Shehrezade, a la cual
creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia,
designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el
día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber
que su hija vivía.
Cuando hubo
terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.
Y CUANDO
LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE
Doniazada dijo a su hermana Shehrezade:- “¡Oh hermana mía! Te ruego que
acabes la historia del mercader y el efrit “ Y Shehrezade respondió: “De todo
corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.” Y el rey
ordenó: “Puedes hablar.”
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas!
que cuando el mercader vio llorar al ternero, se enterneció su corazón, y
dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado.”
Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia
asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:
“¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de
mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: “Debemos sacrificar ese
ternero tan gordo.” Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al
mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me
dijo:. “¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva
bien merece una gratificación.” Y yo le contesté: “Cuenta con ella.” Y me
dijo: “¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de
una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con
él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con el velo la
cara, echándose a llorar, y después a reir. Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco
valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué
lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes contigo es hijo de
nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha
encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro.
Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el
padre.” Estas palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé
con impaciencia que volviese la mañana para venir a enterarte de todo.”
Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que me decía el
mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por
el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo.
Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano,
y luego se me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que afirmas de
este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de
tu corazón.” Y le supliqué: “¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a
mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre.” Sonrió al oir estas
palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera„
que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar
a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las
perfidias de tu mujer.
Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral,
le dije: “Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra.
En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre.”
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola
de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al
ternero, y le dijo:' “Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de
forma; pero si estás encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah
el Altísimo.”
E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir la
forma humana. Entonces, arrojándome en sus brazos, le besé. Y luego le dije:
“¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.” Y me
contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo mío! Alah,
dueño de los destinos; reservaba a alguien para salvarte y salvar tus
derechos.”
Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija del mayoral.
Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío,
transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con
estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta
es mi historia.”
Entonces exclamó el efrit: “Historia realmente muy asombrosa. Por eso
te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.”
En este momento se acercó el segundo jeque, el de los lebreles negros,
y dijo:
CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE
“Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son
mis hermanos. mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre
nos dejó en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me
puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó a
viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le
quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermano mío! ¿no te había
aconsejado que no viajaras?” Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah,
que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus
palabras, puesto que nada tengo ahora.” Le lleve conmigo a la tienda, lo acompañé
luego al hammam y le regalé un magnífico traje de la mejor clase.
Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuenta
de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos
las ganancias.” Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual
de mil dinares: Entonces di gracias a Alah, que es poderoso y grande, y
dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y
días.
Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano. Hicimos
cuanto nos fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue
inútil, y al cabo de un año volvió en la misma
situación que el hermano mayor.
Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su
ausencia, abrió una tienda nueva continuó el ejercicio de su profesión.
Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, de nuevo
mis hermanos desearon marcharse y pretendían que yo les acompañase. No acepté,
y les dije: “¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de
imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún
fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro
año. Otra vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y, así
pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: “Hermanos,
contemos el dinero que tenemos.” Contamos, y dimos con un total de seis mil
dinares. Entonces les dije: “Enterremos la mitad para poderla utilizar si nos
ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por
menor.” `Y contestaron: “¡Alah, favorezca la idea!” Cogí el dinero y lo dividí
en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los
repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías,
fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efectos, y partimos. Duró un
mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos las mercancías
con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.
Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida,
con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor,
¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré agradecer tus
bondades.” Y le dije: “Te socorreré, mas no te creas obligada a la gratitud.” Y
ella me respondió: “Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país y te
consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un
beneficio No te avergüences de mi humilde condición.” Al decir estas palabras,
sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de
Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice
tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria
acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.
Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día
ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla,
estos hermanos míos, sintieron celos, además de envidiarme por mis riquezas y
por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía
yo, y se concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitán
sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.
Un día, cuándo estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta
nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y
de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomó sobre sus hombros
y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche,
regresando al amanecer, y me dijo: “¿No reconoces. a tu esposa?” Te
he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que yo soy
una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente
porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente de Alah y en su Profeta, al
cual Alah bendiga y persevere. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre
condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarte conmigo.
Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. “En cuanto a tus
hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”
Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije:
“No puedo consentir la perdida de mis hermanos.” Luego le conté todo lo
ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces: “Esta
noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.”
Yo repliqué: “¡Por Alah sobre tal No hagas eso, recuerda que el Maestro de los
Proverbios dice: “¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el
criminal es bastante castigo su mismo crimen, y además, considera que son mis
hermanos.” Pero ella insistió: Tengo que matarlos sin remedio.” Y en vano
imploré su indulgencia, Después se echó a volar llevándome en sus hombros, y me
dejó en la azotea de mi casa.
Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo.
Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos
de costumbre, compré nuevos géneros.
Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré
estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron
a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudió mi mujer, y me dijo:
“Son tus hermanos. “Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella
contestó: “Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de
encantamiento, que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así”.
Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi
cuñada, a la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos
los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su
aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.”
El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo
otro tercio de la sangre destinada a rescatar el crimen.”
Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo al
efrit: “Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me
recompensarás con el resto de la sangre.” El efrit contestó: “Que así sea.”
Y el tercer jeique dijo:
CUENTO
DEL TERCER JEIQUE
“¡Oh
sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí
de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche,
y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré con un esclavo negro, estaban
conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías. Al verme, ella se levantó,
súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró
algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia
forma y reviste la de un perro!” Inmediatamente me convertí en perro, y mi
esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar a una carnicería, donde
me puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.
Apenas
penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su
padre: “¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi
habitación.” Y repuso el padre: “¿Pero dónde está ese hombre?” Ella contestó:
“Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de
desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma,
hija mía.” Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me
echó unas gotas y dijo: “.¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!” , Entonces
volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisiera que
encantases a mi mujer como ella me encantó.” Me dio entonces un frasco con
agua, y me dijo: “Si encuentras dormida a tu mujer, rocíala con esta agua y se
convertirá en lo que quieras.” Efectivamente, la encontré dormida, le eché el
agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se transformó
en una mula, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.”
El efrit
se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula
movió la cabeza como afirmando: “Sí, sí; todo es verdad.”
Esta
historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo
gracia al anciano del último tercio de la sangre.
En aquel
momento Shehrezade vio aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin
aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, hermana
mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus
palabras!” Y Shehrezade contestó: “Nada es eso comparado con lo que te contaré
la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.” Y el rey se dijo:
“¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato,
que es asombroso.”
Entonces
el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se
llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus
asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey
volvió a palacio.
Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE
Daniazada dijo: “Hermana mía, te suplico que termines
tu relato.” Y Shehrezade contestó: “Con toda la generosidad y simpatía de mi
corazón.” Y prosiguió después:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que, cuando
el tercer jeique contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit
se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la
sangre por que había de redimirse el crímen, y dejo en libertad al mercader.”
Entonces el mercader, contentísimo, salió al
encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le
felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.
“Pero -añadió Shehrezade- es más asombrosa la historia
del pescador.”
Y el rey dijo a Shehrezade: “¿Qué historia del
pescador es esa?”
Y Shahrazada dijo:
HISTORIA DEL PESCADOR Y DEL EFRIT
“He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que había un
pescador, hombre
de edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre.
Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces
al día y nada más Un día entre los días, a las doce de la mañana, fue a orillas
del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que
llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba
mucho y no podía con ella. Llevó el cabo a tierra y lo ató a un poste. Después
se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta
que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre y acercándose a la red,
encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó desconsolado: “¡Todo el poder y
la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!” Luego dijo: “En verdad
que este donativo de Alah es asombroso.” Y recitó los siguientes versos:
¡Oh buzo, que -giras ciegamente
en las tinieblas de la noche y de la perdición! -¡Abandona esos penosos trabajos;
la fortuna no gusta del movimiento!
Sacó la red, exprimiéndola el agua, y cuando hubo
acabado de exprimirla, la tendió de nuevo. Después, internándose en el agua,
exclamó: “¡En el nombre de Alah!” Y arrojó la red
de nuevo, aguardando que llegara al fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó
que pesaba mas que antes y que estaba más adherida, por lo, cual la creyó
repleta de una buena pesca; y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con
gran trabajo, llevándola a la orilla, y encontró una tinaja enorme, llena de
arena y de barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:
¡Cesad, vicisitudes de la suerte,
y apiadaos de los hombres!
¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra
ninguna, recompensa es igual al mérito ni digna del esfuerzo
realizado por alcanzarla!
¡Salgo de casa a veces para
buscar candorosamente la fortuna; y me enteran de que la fortuna hace mucho
tiempo que murió!
¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas,
a los sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mundo?
Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón
a Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por vez tercera, y al sacarla
la encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó
todavía unos versos de un poeta:
¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia
ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña
ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamas?
Y alzando la frente al cielo; exclamó: “¡Alah! ¡Tú
sabes que yo no echo la red mas que cuatro veces por día, y ya van tres!”
Después invocó nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que
tocase el fondo. Esta vez, a pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conseguía
sacarla, pues a cada tirón se enganchaba más en las rocas del fondo. Entonces
dijo: “¡No hay fuerza ni poder mas que en Alah!” Se desnudó, metiéndose en el
agua y maniobrando alrededor de la red, hasta que la desprendió y la llevó a
tierra. Al abrirla encontró un enorme jarrón de cobre dorado, lleno e intacto.
La boca estaba cerrada con un plomo que ostentaba el sello de nuestro Señor
Soleimán, hijo de Daud. El pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: “He
aquí un objeto que venderé en el zoco de los caldereros, porque bien vale sus
diez dinares de oro.” Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se
dijo para sí: “Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que contenga
y luego lo venderé en el zoco de los caldereros.” Sacó el cuchillo y empezó a
maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces sacudió el jarrón, queriendo
inclinarlo para verter el contenido en el suelo. Pero nada salió del vaso,
aparte de una humareda que subió hasta lo azul del cielo y se extendió por la
superficie de la tierra. Y el pescador no volvía de su asombro. Una vez que
hubo salido todo el humo, comenzó a condensarse en torbellinos, y al fin se
convirtió en un efrit cuya frente llegaba a las nubes, mientras sus pies se
hundían en el polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos semejaban
rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca, una caverna; sus dientes,
piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas, y su cabellera
aparecía revuelta y empolvada. Al ver a este efrit, el pescador quedó mudo de
espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los
ojos se le cegaron a la luz.
Cuando vio al pescador, el efrit dijo: “¡No hay más
Dios que Alah, y Soleimán es el profeta de Alah!” Y dirigiéndose hacia el
pescador, prosiguió de este modo: “¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no
me mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos.”
Entonces exclamó el pescador: “¡Oh gigante audaz y rebelde, tú te atreves a
decir que Soleimán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace mil ochocientos
años; y nosotros estamos al fin de los tiempos. Pero ¿qué historia vienes a
contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en este jarrón?”
Entonces el efrit dijo: “No hay más Dios que Alah.
Pero permite, ¡oh pescador! que te anuncie una buena noticia.” Y el pescador
repuso: “¿Qué noticia es esa?” Y contestó el efrit: “Tu muerte. Vas a morir
ahora mismo, y de la manera más terrible.” Y replicó el pescador: “¡Oh jefe de
los efrits! ¡mereces por esa noticia- que el cielo te retire su
ayuda! ¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿qué
hice para merecerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una larga
permanencia en el mar, y te he traído a la tierra.” Entonces el efrit dijo:
“Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás del modo que
gustes.” Y el pescador dijo: “¿Cuál es mi crimen para merecer tal castigo?” Y
respondió el efrit: “Oye mi historia, pescador.” Y el pescador dijo: “Habla y
abrevia tu relato, porque de impaciente que se halla mi alma se me está
saliendo por el pie.” Y dijo el efrit:
“Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra
Soleimán, hijo de Daud. Mi nombre es Sakhr ElGenni. Y Soleimán envió hacia mí
a su visir Assef, hijo de Barkhia, que me cogió a pesar de mi resistencia, y
me llevó a manos de Soleimán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien
humilde. Al verme, Soleimán hizo su conjuro a Alah y me mandó que abrazase su
religión y me sometiese a su obediencia. Pero yo me negué. Entonces mandó traer
ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con plomo, imprimiendo el nombre del
Altísimo. Después ordenó a los efrits fieles que me llevaran en hombros y me
arrojasen en medio del mar. Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía
de todo corazón: “Enriqueceré eternamente al que logre libertarme.” Pero
pasaron los cien años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía:
“Descubriré y daré los tesoros de la tierra a quien me, liberte.” Pero nadie me
libró. Y pasaren. cuatrocientos años, y me dije: “Concederé tres
cosas a quien me liberte.” Y nadie me libró tampoco. Entonces, terriblemente
encolerizado, dije con toda el alma: “Ahora mataré a quien me libre, pero le
dejaré antes elegir, concediéndole la clase de muerte que prefiera.” Entonces
tú, ¡oh pescador! viniste a librarme, y por eso te permito que escojas la
clase de muerte.”
El pescador, al oír estas palabras del efrit; dijo:
“¡Por Alah que la oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te
libertase! ¡Indúltame, efrit, que Alah te
recompensará! En cambio, si me matas,
buscará quien te haga perecer.” Entonces el efrit le
dijo: “¡Pero si yo quiero matarte es precisamente
porque me has libertado!” Y el pescador le contestó:
“¡Oh jeique de los efrits, así es como devuelves el mal por el bien! ¡A fe que
no miente el proverbio!” Y recitó estos versos:
¿Quieres probar la amargura de
las cosas? ¡Sé bueno y servicial!
¡Los malvadas desconocen la gratitud!
¡Pruébalo, si quieres, y tu
suerte será la de la pobre Magir, madre de Amer!
Pero el efrit le dijo: “Ya hemos hablado bastante. Sabe
que sin remedio te he de matar.” Entonces pensó el pescador: “Yo no soy mas que
un hombre y él un efrit; pero Alah me ha dado una razón bien despierta. Acudiré
a una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.” Y entonces
dijo al efrit: “¿Has decidido realmente mi muerte?” Y el efrit contestó: “No lo
dudes.” Entonces dijo: “Por el nombre del Altísimo, que está grabado en el
sello de Soleimán, te conjuro a que respondas con verdad a mi pregunta.”
Cuando el efrit oyó el nombre del Altísimo, respondió muy conmovido:
“Pregunta, que yo contestaré la verdad. Entonces dijo el pescador: “¿Cómo has
podido entrar por entero en este jarrón donde apenas cabe tu pie o tu mano?” El
efrit dijo: “¿Dudas acaso de ello?” El pescador respondió: “Efectivamente, no
lo creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.”
En este momento de su narración, Shehrezade vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA CUARTA NOCHE
Ella dijo:
He llegado a
saber, ¡oh rey afortunado! que cuando
el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó a agitarse;
convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se
condensó, y empezó a entrar en el jarrón poco a poco, hasta el fin. Entonces el
pescador cogió rápidamente la tapadera de plomo, con el sello de Soleimán, y
obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: “Elige y
piensa la clase de muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa
junto a la orilla, e impediré a todo el mundo que pesque, diciendo: “Allí hay
un efrit, y si lo libran quiere matar a los que le
liberten.” Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la
elección. Al oirle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vio que estaba, encarcelado y tenía encima
el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había
encerrado en un calabozo contra el cual no pueden prevalecer ni los más débiles
ni los más fuertes de los efrits. Y comprendiendo que el pescador le llevaría
hacia el mar, suplicó: “¡No me lleves! ¡no me
lleves!” Y el pescador dijo: “No hay remedio.” Entonces, dulcificando su
lenguaje, exclamó el efrit: “¡Ah pescador! ¿Qué vas a hacer
conmigo?” El otro dijo: “Echarte al mar, que si has estado en él mil
ochocientos años, no saldrás esta vez hasta el día del Juicio. ¿No te rogué yo
que me dejaras la vida para que Alah te la conservase a ti y no me mataras para
que Alah no te matase? Obrando infamemente rechazaste
mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis manos, y no me remuerde el
haberte engañado.” Entonces dijo el efrit: “Abreme el jarrón y te colmaré de
beneficias.” El pescador respondió: “Mientes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa
exactamente lo, que ocurrió entre el visir del rey Yunán y el médico Ruyán.”
Y el efrit
dijo: “¿Quiénes eran el visir del rey Yunán
y el médico Ruyán?... ¿Qué historia es esa?”

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